martes 19/1/21

Biden encajonado

A falta de la confirmación oficial con el pronunciamiento del Colegio Electoral el 14 de diciembre venidero, Joe Biden será el 46 Presidente de los EEUU a partir del 20 de enero de 2021, fecha en la que tomará el cargo, segundo autoproclamado católico tras JF Kennedy. 

Mientras Trump maldice la pandemia que le ha hecho perder unas elecciones que hubiera ganado “sin bajarse del autobús” como decía Helenio Herrera, cabe preguntarse, ¿Qué presidencia podemos esperar de Biden? Si tomamos como referencia su larga trayectoria política, y sus primeras palabras tras las elecciones, proclamándose presidente de todos los estadounidenses y llamando a la unidad de sus compatriotas, sería una sorpresa que no ejerciera su mandato desde la moderación y centro político, marcando distancia con el sector más izquierdista de su propio partido e intentando construir puentes con el Partido Republicano para alcanzar consensos legislativos, en especial en el Senado. Huirá del enfrentamiento que ha marcado la presidencia de Trump tanto en el ámbito doméstico como en el tablero internacional, donde, en este último, tratará de recomponer las alianzas con Europa que dinamitó su predecesor, especialmente en lo referente en los acuerdos comerciales transoceánicos y en relación con el cambio climático.

Sin embargo, no le van a faltar presiones desde el ruidoso ala más progresista de su propio partido para que impulse políticas eurosocialistas (que allí aún se vinculan con las propias de la Unión Soviética, aunque aquí sabemos que aún no es así). Todavía se estaban contando los votos y la joven y mediática congresista por el 14 distrito de NY Alexandria Ocaso Cortez [email protected] ya reclamaba mayor peso del pujante sector más “liberal” del partido (término político que en inglés se relaciona con la izquierda). La izquierda dentro del Partido Demócrata nunca ha tenido mucho peso, pero en los últimos años, a partir de la aparición de candidato Bernie Sanders a las primarias para las elecciones de 2016, favorecido por cierto cambio demográfico y la elección para la Cámara de Representantes de un grupo de congresistas de distritos urbanos pertenecientes a minorías étnicas como la propia Ocasio-Cortez, de origen portorriqueño, Ilhan Omar (representante de Minneapolis, Minnesota), o Rashida Tlaib (representante de Detroit, Michigan) que abiertamente proponen políticas que bajo el prisma del ciudadano medio son consideradas radicales o socialistas, han acaparado -utilizando las redes sociales- una importante y ascendente proyección pública que ha atraído a votantes urbanos, jóvenes, que, en cierto modo, o así se querrá hacer ver, han sido importantes para la victoria de Biden en los enclaves urbanos de los estados que han sido decisivos en su triunfo electoral, como Detroit en Michigan, Philadelphia y Pittsburgh en Pennsylvania, Atlanta en Georgia (si se confirma tras el recuento), o Las Vegas y Phoenix en Nevada y Arizona respectivamente. 

No obstante, las estudios postelectorales nos dicen otra cosa: el trasvase de votos más destacado entre los dos partidos ha sido, en realidad, en electores de raza blanca con título universitario o independientes (o sea, moderados sin marcada afección ideológica), y votantes senior (tercera edad), y residentes en los suburbios de dichas grandes ciudades, motivados por su rechazo a las políticas de Trump especialmente en su gestión de la pandemia Covid19; mientras que el votante más fiel al partido demócrata, esto es, las mujeres y las minorías étnicas, han mantenido porcentualmente el apoyo a los demócratas que ya obtuvo en 2016, aunque sí ha habido un mayor número de votantes en este segmento que hace cuatro años se quedó en casa (por su rechazo a la candidata Hillary Clinton).

La orientación del establishment del Partido Demócrata (del que Biden es miembro desde hace décadas), incluso bajo el mandato del primer presidente negro de la nación, Barack Obama, ha sido siempre huir de políticas que se alejaran del centro político, porque, como ha ocurrido siempre, las elecciones presidenciales se ganan o pierden en función del voto de este sector poblacional moderado, de clase media y trabajadora y mayormente independiente que decidían el resultado en los estados clave. Con ellos ganó Trump la presidencia en 2016 cuando consiguió ganar en Pennsylvania, Michigan y Wisconsin,  y sin ellos ha perdido el envite electoral ahora con el trasvase de dicho voto independiente y la pérdida de estos estados. Parece pues poco probable que Biden se oriente hacia la izquierda del tablero ideológico, más allá de restablecer o desarrollar los logros de la presidencia de Obama, de la que fue vicepresidente durante los ocho años de su mandato, especialmente la legislación sobre la asistencia sanitaria pública que Trump ha torpedeado durante su mandato o las políticas sobre el cambio climático y apoyo a las energías renovables. 

Aun así, más allá de lo que pretende implementar Biden, también habrá que ver qué podrá hacer. Sabemos que EEUU goza de una estructura democrática basada en un sistema de separación de poderes muy equilibrada, regulada concienzudamente en la Constitución por los fundadores para evitar una posición de despotismo o tiranía desde el poder político. Sobre papel, probablemente la más modélica del planeta. Y fiel a ella, el electorado prefiere repartir el poder entre los dos grandes partidos para que éstos estén obligados a pactar la legislación, de modo que las leyes aprobadas nazcan del consenso y por ende de la moderación. Es muy poco habitual en la historia que el mismo partido ostente la presidencia y a la vez las dos cámaras legislativas del congreso, y cuando se ha dado, rápidamente en las elecciones de medio término (a los dos años de las presidenciales) los votantes devuelven ese equilibrio. Ha pasado incluso en periodos de crecimiento económico con una alta aprobación del presidente, como ocurrió con Clinton en las elecciones al congreso de 1994 o con Obama en este siglo. Sí, no me he equivocado: Barack Obama ha sido de los presidentes más aclamados y con mayor índice de popularidad durante su mandato, pero a pesar de ello, durante su mandato su partido sufrió la mayor pérdida de poder desde el final de la Segunda Guerra Mundial (computando el poder de los estados, sus respectivas cámaras y gobernadores). De hecho, cuando Obama entró en la Casa Blanca en enero de 2009 el Partido Demócrata tenía mayoría tanto en la Camara de Representantes como en el Senado, mientras que cuando dejó su trono en enero de 2017 no tenía la mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso. ¿No es maravilloso este mensaje del pueblo? 

Obviamente, tener mayoría en las cámaras facilita la labor del presidente, sin que ello suponga, como en España, tener el control de las votaciones legislativas. En estos momentos, y tras las elecciones del 3 de noviembre, el Partido Demócrata mantiene la mayoría que ya ostentaba en la Cámara de Representantes, mientras que en el Senado, con 100 miembros y una mayoría de 51, el Partido Republicano tiene 50 senadores por 48 el Partido Demócrata (al que se le incluye un independiente asociado a este partido). Faltan por elegir a los dos senadores por Georgia, cuya elección se repetirá a principios de enero debido a que ninguno de los candidatos ha superado el 50 por ciento de los votos, tal y como exige la Constitución de este estado, de modo que el inicio del mandato de Biden dependerá mucho del resultado de dichas elecciones, pues de obtener los demócratas esos dos senadores lograrían controlar la cámara alta (pues en caso de empate en una votación en el Senado, la presidenta de esta cámara, que no tiene derecho de voto salvo en este supuesto, decide el desempate, siendo la presidenta del Senado, porque así lo estipula la Constitución de los EEUU, la vicepresidenta de los EEUU, o sea, la demócrata Harris). 

En cualquier caso, y aún siendo cierto que a falta del recuento en Georgia, Biden ha ganado las presidenciales en este estado marcadamente republicano, es poco probable que su partido logre los dos senadores que necesita para igualar las fuerzas en el Senado, precisamente por el tradicional deseo del elector de dar todo el poder político a un mismo partido.

Por todo ello, como he dicho al inicio, la trayectoria de Biden, precisamente como senador durante décadas, vicepresidente de Obama durante ocho años, y gran conocedor el pactismo obligado en la política de su país, hace poco imaginable que enfoque su política hacia la izquierda de su partido, posición que mantendría la polarización tanto en la sociedad como en los círculos políticos con los que necesitará pactar para sacar adelante su agenda, y todo ello sin olvidar la mayoría conservadora instaurada en el Tribunal Supremo (que se mantendrá durante todo su mandato).

Y que nadie descarte que Trump vuelva a intentarlo en 2024. Muchos le echarán de menos.

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