jueves 22/10/20

Desmadre nacional

Aún abrumados por la consecución del vigésimo Grand Slam en París de nuestro compatriota premier, o al menos eso quisiéramos ante el abstencionismo el Felipe VI “el florero”, a quien esperamos que dé de una puñetera vez un paso en frente (y ganarse el derecho también sucesorio de tener una amante escort centroeuropea), celebramos otro año más la Fiesta Nacional.

Ciertamente es una celebración cada vez más descafeinada ya que fiesta nacional la tenemos ya todos los días con un elenco de políticos que bien podrían actualizar “La escopeta nacional” de Berlanga. Fiesta de desmadre total tanto en las sedes parlamentaria del Estado y de los diecisiete microestados y otras instituciones que amontonan cargos y solapan competencias,  como en cada calle de nuestra gran nación llena de idiotas, tuercebotas y mamarrachos que se llenan la boca de derechos pero que escupen deberes.

Como se ha venido diciendo desde hace más de un siglo España no tiene remedio. Se va a cumplir un siglo de la publicación de “España Invertebrada” de Ortega y Gasset y seguimos con las mismas carencias que entonces, a pesar del desarrollo económico y el avance en el estatus geopolítico alcanzado con nuestra integración en las instituciones internacionales y, en especial, a nuestro salvavidas, la UE (que nos enviará a freír espárragos cuando malgastemos el segundo rescate que nos proporcionan en una década).

Castilla, como la describía entonces Ortega, sigue siendo angosta, sórdida y agria, dirigida hoy por un esperpento de presidenta (eso sí, mujer, en algo hemos avanzado), mientras que los separatistas no acaban de entender que “un gran pueblo es principalmente una articulación de grupos étnicos o políticos diversos”, y lo opuesto a ello es “la creencia de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás”, idea que en un mundo globalizado como el actual y sin fronteras en el ámbito europeo, cobra mayor validez y sensatez.  Y sin embargo la conclusión tanto para los "unitaristas" como a los separatistas,  puede ser la misma que les recetó Ortega y Gasset: "la convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una coexistencia pacifica y estática, como el montón de piedras al borde de un camino” y por eso “no es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva de las otras partes".

Pero no nos engañemos, la poli-polaridad de nuestra sociedad entre las derechas y las izquierdas por un lado, y los nacionalismos de uno y otro sentido al mismo tiempo, hace sumamente dificultosas cuantas soluciones quieran darse a esta centenaria controversia y crisis nacional, agravado por un sufragio universal -muchedumbre que engulle a la minoría capacitada según dictaba Ortega-, que puede ser útil en sociedades avanzadas, que sin embargo en esta España nuestra elige a una clase política desvergonzante, incapaz de consensuar acciones y decisiones ni tan solo en un contexto sanitario y económico tan dramático como el que vivimos.

No viviré las soluciones que creo que podrían mejorar nuestra organización social, pero mientras “la masa” sea inmadura -y creo que vamos dando pasos de cangrejo- la propuesta de Ortega y Gasset no sería desdeñable: Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos, y su constitución viva, transjurídica consistirá siempre en la acción dinámica de una minoría sobre la masa, y cuando en una nación la masa niega a ser masa, esto es, a seguir a la minoría directora, la nación se deshace.

Aún así, cabe en nuestro sistema constitucional una vía intermedia hasta alcanzar dicho estado, que consistiría en liberar a nuestra sociedad de decisiones políticas más allá de las imprescindibles, y libertar así a los compatriotas más ingeniosos de las garras legislativas surgidas de la muchedumbre pasiva, pedigüeña y rencorosa. Solo así puede una comunidad desarrollarse y evolucionar hasta grados de madurez social capaces de soportar una democracia real y justa, y así la historia nos lo muestra: según los índices publicados sistemáticamente por la ONU, los países con mayor grado de igualdad y nivel de vida son aquellos que a partir de la era moderna surgida tras la revolución francesa y las guerras mundiales aceptaron la organización del Estado democrático sobre el principio de la libertad individual como motor de su desarrollo no solo económico sino moral.

 

España lleva más de un siglo debatiendo su crisis social, y únicamente la imposición -transposición- normativa que nos obliga la pertenencia al club europeo nos ha dado un empujón evolutivo hacia la modernidad y la democracia real, cuando políticos valientes y visionarios como Felipe González rectificaron ideológicamente por el bien común; pero no es suficiente y el peligro de involución persiste un siglo después por dos motivos: Europa se está cansando de ser nuestro salvavidas (las negociaciones para las ayudas por covid son una muestra), y mientras tanto el nivel de madurez de nuestra masa sigue estancado en la España de sus antepasados, eligiendo en las urnas alternativas extremas -históricamente fracasadas- desde la pasividad del sofá o de la terraza del café. Y a todo esto, Felipe VI ni está, ni al parecer se le espera. ¡Viva España!

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