domingo 27/9/20

La otra ella

Si la mejor y mayor creación de Dios fue la mujer, que nos dio la vida y la fruta prohibida,
la del hombre en la Tierra ha sido el fútbol y la pelota, que nos llena de vida y de pasión permitida. Como hijas de un mismo génesis, existen coincidencias entre estas dos volubles maravillas, que irracionalmente a los varones nos encandilan. De la mujer no escribiré, para evitar la censura o la denuncia, en estos oscuros tiempos de intromisión penal en la intimidad de los conyugales lechos o extramatrimoniales recesos. La pelota afortunadamente es muda y aún atípica, nos quita el sueño desde edad temprana, es tremendamente complicada de entenderla y más aún manejarla. Con la humedad del vello verde de la pradera rectangular donde oficia su grandeza se vuelve esquiva y resbaladiza. Si no la tratas con cariño la pierdes y corriendo tras ella desaparece, y solo a veces vuelve. En realidad está con todos al mismo tiempo, un instante con cada uno, no pertenece a nadie. Mesías de Dios tratan de domarla, pero únicamente obtienen réplicas de acero dorado para el recuerdo del día en que ella les fue fiel y compañera. No es racional y su vaivén es inquietante e imprevisible. Si fuera mujer sería Gilda. Como las más bellas es también caprichosa, y si es necesario, ejerce una parcialidad preferente hacia a quien más le ofrece. Conocido es que en España es monárquica, como las más guapas y arregladas, y favorece impúdicamente a la Realeza. Ella manda, ella decide, como la más mandona de entre todas las hembras. Y los millones de seres mortales que la seguimos con la mirada, partido a partido, bailar entrepiernas mientras a sus anchas campa, le imploramos que nos conceda un rebote, ese efecto curvilíneo favorable, o dos centímetros a la derecha, que nos dé felicidad y gloria efímera, desde el tendido de sombra o en el sofá tendido, siempre al lado de la otra ella, celosamente resignada de su inmortal competidora.
La otra ella
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